Muchos jóvenes han tenido el valor de gritar “¡basta!” y plantear el problema migratorio como un todo, en lugar de algo circunscrito únicamente a la inmigración magrebí e islámica. La polémica, por supuesto, está servida y, además, como tantas cosas, enfrenta a dos generaciones cada vez más antagónicas.
La gran justificación que dan muchos a la entrada sin cortapisas es que todos formamos parte de la “Hispanidad”. Entonces, ¿qué es la Hispanidad? Hemos llegado a un punto en que nadie lo sabe exactamente. Para algunos, todos aquellos que hablen español. Para otros, cualquier católico al que le gusten las aventuras de los conquistadores. Para mí, es como aquel que hace años le dejó su novia, pero mantiene vivo su recuerdo, y es incapaz de rehacer su vida por el lastre de dicha relación. Ahora, seamos claros ¿quién promueve esta nueva “Hispanidad? Lo digo porque no tiene nada que ver lo que defienden personajes como Marcelo Gullo, María Elvira Roca Barea, Santiago Armesilla o, no sé, el Coronel Baños, con lo que defendían un Maeztu o un García Morente. Bueno, podría decirse que los liberales promueven un globalismo a escala idiomática, porque quieren mano de obra barata y las mínimas trabas comerciales, mientras que otros personajes como Armesilla, y demás discípulos de Gustavo Bueno, creen que van a recrear la URSS con hispanohablantes mientras les viene para el pelo el discurso tercermundista y victimista del indigenismo. Los meapilas, y algunos tradicionalistas, piensan que para ser buen católico hay que mezclar etnias y razas, y están seguros de que los amerindios son más católicos que los niños de Fátima, y que nos van a redimir. Prefiero apenas nombrarlos porque son de chiste de mal gusto. Bueno, como lo es gran parte de la jerarquía española hoy en día.
El caso de los liberales hispanistas es el siguiente. Están tan acomplejados de que el modelo de modernidad que defienden es básicamente el que propuso la Europa septentrional, que nos quieren hacer creer que el Imperio Español fue un paraíso liberal por anticipado. Los españoles fuimos los creadores de los derechos humanos, la igualdad racial, el liberalismo económico, y no sé qué sandeces más. En el caso de los marxistas- leninistas, más de lo mismo, pero con comunismo. Al parecer las reducciones jesuíticas en territorio guaraní fueron precedente de los koljóes soviéticos. Sería algo risible de no ser porque se ha construido estos últimos años una nueva ideología –con sus diferentes facciones- que sirve para justificar una sustitución demográfica por razones meramente crematísticas. Esto es, hacer creer al español medio que puede ver como su ciudad se convierte en Guayaquil, mientras baja el nivel de vida general, pero que no puede quejarse porque son nuestros “hermanos hispanos”.
Como tantas veces, la realidad histórica es distinta. No estoy diciendo que en la América española rigiesen sistemas tan rígidos como el del apartheid sudafricano, o las leyes Jim Crow del sur de Estados Unidos. Pero no existió ninguna mixtura de razas institucionalmente buscada, ni socialmente aceptada. Existía una clara estratificación social en base a criterios étnicos y raciales. Una diferenciación entre dos sociedades: la “República de Españoles”, regida por el derecho castellano, y la “República de Indios”, donde entraban las particularidades y pactos con los distintos pueblos nativos, que tenían más o menos privilegios según su grado de colaboración o resistencia en el proceso de conquista. En lo más alto de la cúspide social estaban los españoles peninsulares y los españoles criollos. En lo más bajo, los mestizos, los mulatos, los negros, fueran o no esclavos estos últimos. Y, al margen, en sociedades paralelas, las poblaciones indígenas que, aunque sus élites se hispanizaron de alguna manera, conservaron su identidad y costumbres. Lo que les unía a los españoles era su lealtad al rey de Castilla. A veces, la religión, aunque esto es matizable porque la efectividad de la evangelización en algunos lugares no fue tal por fracasar, o por derivar en un sincretismo con la religiosidad indígena.
Jurídicamente, el mestizo vivía en un limbo. Tanto el consenso social, como las instituciones castellanas en Indias, no entendían otra realidad que la de división entre “españoles” e “indios”. Por ejemplo, así se dividían las partidas de bautismo en las parroquias porque, aunque se intentó mantener a ambas comunidades totalmente separadas espacialmente, la poca población española obligó a que muchos indios marcharan a las ciudades de españoles a realizar los trabajos manuales y de servicio. El mestizaje tiene ahí su origen. Primero, en conquistadores que mantenían relaciones con indias ante la ausencia de mujeres españolas. Hecha la conquista, e incrementándose la llegada tanto de mujeres, como de familias españolas, el mestizaje se dio por las relaciones extramaritales de españoles con mujeres indias del servicio. Es decir, que desde el primer momento el mestizaje estuvo ligado a la bastardía y el adulterio, lo que derivó en un rechazo social al mestizo tanto por parte del español, como por parte del indio. Por supuesto, al principio se produjeron matrimonios mixtos entre nobleza conquistadora española, y nobleza indígena, por razones de pacto político, pero fueron casos minoritarios, puntuales, y no generalizables. Según avanzaban los años de dominio español, aumentaba el rechazo a la mezcla, mientras los mestizos se emparentaban con algunos indios, mulatos, negros libertos, etc.
Quiero decir, el Imperio Español en América fue una jerarquía basada en una estratificación racial. Las dos sociedades paralelas, más el grupo de mestizos, mulatos y negros que estaban en lo más bajo de ambas sociedades. Como digo, este sistema de “calidades” –es más correcto que decir de “castas”- no era tan rígido como el que pudo existir en otras sociedades multiétnicas blancas, pero existir, existió. Era intrínseco al sistema creado por los conquistadores españoles y era defendido no solo institucionalmente sino, sobre todo, socialmente. Se entendía que eran pueblos y razas totalmente distintos, siendo lo ideal que no se mezclaran entre sí por su propia autopreservación.
Tras las independencias, se instauraron en estos países repúblicas liberales que llevaron a cabo un proyecto de construcción de nuevas naciones artificiales que, en cierto modo, dura hasta nuestros días. Donde existía una carga importante de indios y negros, a finales del siglo XIX empezó a promoverse el mestizaje para crear un pueblo nuevo que superara la estratificación social heredada del dominio español. Un mestizaje que, por supuesto, no practicaron las élites criollas más adineradas, pero que prácticamente hizo desaparecer a las poblaciones criollas comunes que existían en estos países. Y, no es casualidad que sean hoy los países con mayor carga de mestizos, mulatos e indígenas en América los que mayor inestabilidad poseen. Son prácticamente Estados fallidos ¿por qué? Porque las sociedades multiétnicas tienden a fracasar. Y más si hablamos de sociedades que vivían en la prehistoria cuando llegaron los europeos.
No es casualidad, entonces, que la Hispanidad sea un fenómeno intelectual originado en Argentina a principios del siglo pasado ¿por qué? Porque Argentina es básicamente una nación hispanoitaliana. Si no fuera por ciertos comportamientos sociales nocivos propios del Sur de Italia –gente encantadora, por otra parte, pero quien conozca bien la región sabe de lo que hablo-, Argentina sería una potencia mundial. Tampoco es casualidad que Uruguay, Chile o, por ejemplo, Costa Rica, con una importante población de origen europeo, sean los países más prósperos y seguros de América. Con problemas, por supuesto, pero, si se fijan, son problemas propiamente españoles, más que tercermundistas. Y ni hablar de Canadá o Estados Unidos, que muchos de los problemas que hoy padecen son, justamente, consecuencia de haber abierto la veda migratoria a cualquiera. Quizás esto que voy a decir nos exige el ejercicio de acabar con el trauma de 1945, pero si no hay una cierta unidad étnica en una sociedad, esta va a fracasar. Y si, encima, esa unidad étnica se rompe por la llegada de gentes venidas de ámbitos raciales y culturales radicalmente distintos al nacional, el desastre está asegurado. La historia nos lo demuestra; la moralina se la pueden guardar en otro lado.
Dicho esto, ¿qué es lo que viene a España? Bueno, en ámbitos de estudios superiores o de gran movimiento de capital, puede venir Javier Gutiérrez que es un criollo de origen español o, al menos, europeo. Ellos sí son nuestros “hermanos”, y hacia ellos se debe dirigir un programa de hermanamiento cultural y puesta en común de nuestro legado compartido. Llamémosle “Hispanidad”, si queremos. Pero, por cada Javier Gutiérrez que viene, llegan cien Wilson Bryan. Mano de obra barata, semiesclava, de origen fundamentalmente mestizo, mulato o indígena que, salvo por el idioma –también en la India se habla mucho inglés-, no tienen que ver nada con nosotros y, además, traen consigo comportamientos tercermundistas que, francamente, muchos no estamos dispuestos a aguantar.
Les pongo un ejemplo claro. El otro día unos amigos fuimos a un campo de fútbol municipal que existe en m ciudad desde que tengo uso de razón. Siempre ha sido un sitio tranquilo donde la genta va, ordenadamente, a jugar al fútbol. Al rato, aparecieron multitud de americanos jóvenes. Todos, de origen indio- mestizo. Jugaban sin camiseta, dando voces. A eso se les sumaba sus paisanas jóvenes, semidesnudas, poniendo reguetón a tope con altavoces y realizando bailes, cuanto menos, obscenos. La estampa era insoportable. Al rato tuvimos que marcharnos de ahí porque empezaron a pegarse entre ellos, a puñetazo limpio, además de destrozar mobiliario público. “Es que tienen la sangre caliente”, me dijo alguno al que se lo conté. No, no. Esto no va de esas sandeces. Se trata de que tienen comportamientos absolutamente tercermundistas y propios de sociedades que viven aún en un Neolítico temprano. Por supuesto, no quiero que mis compatriotas sean sustituidos por esto.
Además, la idea que nos venden los hispanistas de última hora de que son católicos y aman a España es, simplemente, mentira. Todos estos indomestizos o bien son irreligiosos –sus altos índices de aborto, divorcio, infidelidad marital, ruptura familiar, etc. dan fe de ello- o están metidos en cultos pentecostales, adventistas, bautistas, y demás. No son católicos. Tampoco “protestantes” en un sentido genérico; el luteranismo, el calvinismo y demás confesiones históricas no tienen nada que ver con esto. Acuden a los grupos evangélicos donde haya mayor efervescencia espiritualista, lo que nos demuestra que se encuentran un estrato religioso claramente primitivo y de corte chamánico. Lo de que aman a España, tampoco se corresponde con la realidad. Más que otra cosa porque en nada te salen con los argumentos típicos de la leyenda negra, y su única identidad es la artificial nacional de sus países de origen, o la identidad indígena. Y quien niegue esto porque ha visto una charla de Armesilla, o tiene un serio problema, o es que hace tiempo que no sale a la calle.
Lo que está claro es que hay intereses económicos detrás. Los “boomers”, quieren asegurar sus pensiones, y el típico pirata español quiere esclavos a los que pague una miseria. Les da igual que el pueblo español, que es básicamente el mismo desde tiempos prerromanos, desaparezca. La derechuza de este país, copiando el discurso propio de la realidad francesa, solo pone el dedo sobre la inmigración africana y musulmana; calla sobre la inmigración americana, que es la más numerosa. Ambas son perjudiciales y deben frenarse ya si queremos sobrevivir como pueblo. Porque ser español no es que poseas o no un DNI emitido por el Estado español; es otra cosa. Una ligazón de parentesco, ascendencia y cultura. Por eso es hora ya de parar la invasión migratoria en su conjunto, aunque la derecha más casposa quiera esclavitos, o sueñe con que va a resucitar el imperio. Centrémonos en nuestros propios problemas, que son muchos y graves.
Ahora, ¿hay que renunciar a la idea de “Hispanidad”? no, pero si acallarla un poco y redirigirla únicamente a los descendientes de europeos en aquellos países. Es decir, a criollos y a habitantes de países de mayoría europea como los del Cono Sur. Ampliarlo a las poblaciones americanas en su conjunto es un delirio y una desfachatez. Hay que asumir que se ha creado una ideología de tipo tercermundista en torno a este tema. Hay que contestar, no abandonar. Ni renunciar a la obra que hicieron los españoles en particular, y los europeos en general, en América. Empresa, por cierto, típica de los pueblos indoeuropeos. Dicho esto, sí, la Hispanidad debe defenderse, pero tras redefinirse y redirigirse. Y teniendo presente que no es ningún tipo de prioridad hoy en día, ni se va a crear ningún bloque geopolítico nuevo en torno a ella. Debe ser algo de hermanamiento cultural y, repito, dirigido a las poblaciones de origen europeo.




Sí que andando el tiempo, y resueltos los problemas que comentas, podría haber una alianza geopolítica con algunos países más afines: Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay.
Su artículo es muy necesario. Un saludo.
Como argentino, quería señalar un pequeño error en el post.
La inmigración italiana a Argentina no fue principalmente del sur, especialmente la que no terminó por retornar a Europa. Los principales lugares de proveniencia (especialmente los que terminaron en zonas urbanas) fueron Génova, Lombardía, Nápoles y Calabria