Sertorio
¿Un padre de España?
Quinto Sertorio forma parte de esa estirpe de hombres que no solo sufren las épocas de grandes crisis, sino que las protagonizan y dignifican, aunque fracasen en último término. Su figura se realza sobre el paisaje convulso y abyecto de la época tardía de la República romana, cuando el viejo equilibrio entre el Senado, las magistraturas populares y el ejército había saltado por los aires. Roma dominaba el Mediterráneo, pero no era capaz de aprender a gobernarlo siquiera desde el epicentro de su imperio. Sertorio no fue ninguna excepción en este mundo de generales carismáticos politizados y guerras civiles, pero sí fue un caso único en tanto en cuanto supo trasladar el centro gravitacional de la política romana hacia una periferia provincial como era Hispania, dotando a sus gentes de un protagonismo que jamás habían tenido hasta entonces en la política interna romana.
Nacido en torno al 126 a.C., en Nursia, en un contexto étnico sabino, Sertorio no procedía de la clase patricia romana. Su carrera no ha lugar por el prestigio que te concede el ser heredero de alguna familia con un pasado militar glorioso. Era un hombre hecho a sí mismo en una República que, como nunca hasta entonces, y para bien o para mal, dejaba entrar en escena a este tipo de advenedizos, no siempre brillantes. No era el caso de nuestro protagonista. En las guerras contra las hordas germánicas de cimbrios y teutones, bajo las órdenes de un Cayo Mario a quien admirará toda su vida, aprendió de primera mano la dureza de la guerra prácticamente total, y el valor que tiene ser un adecuado director de hombres en el campo de batalla. Allí perdió un ojo, e hizo de esa marca de combate un símbolo de una autoridad ganada con sangre y valor, no con títulos. Esa experiencia bélica terminó de rematar lo que se vislumbra de antes: un carácter austero, de resistencia, ajeno a lujos innecesarios y profundamente consciente del vínculo personal que se forja entre jefe y soldado, sobrepasando este la pertenencia y participación institucional.
Su adhesión al partido de Mario, o también llamado popular, lo situó, tanto por ideales políticos como por lealtad al general junto al que combatió, en medio del grave conflicto civil que marcó a Roma desde tiempos de los hermanos Graco. La pugna entre Mario y Sila no fue solo una lucha de ambiciones carismáticas individuales, sino un choque de trenes entre dos concepciones antagónicas de una República que ahora era una potencia imperial, y optaba por soluciones de fuerza y mando para sus asuntos internos.
Por un lado, Mario quería una República capaz de integrar a los pueblos sometidos, además de los clientes, dentro de un marco de plena ciudadanía a través del gobierno provincial. Romanizarlos paulatinamente y hacer de ellos romanos, aunque intentando no ser demasiado traumático en una evaporación de identidades que jamás se diluirían del todo. Además, en medio de décadas de proletarización de los ciudadanos romanos, mientras toda la riqueza de la República se acumulaba en manos de patricios y advenedizos, los populares proponían repartos de tierras públicas y medidas contrarias a esta marcada desigualdad económica. En este bando había aristócratas, por supuesto, pero era básicamente el de las clases medias venidas a menos, y los ciudadanos convertidos en proletarios.
Por otro lado, estaban los optimates, en aquel momento encabezados por la figura carismática –y tan brillante como retorcida- de Sila. Supuestamente decían defender los mores maiorum, o viejas tradiciones romanas, frente a novedades culturales y medidas económicas que pusieran freno a una desigualdad social de dimensiones tremebundas. En cierto modo, era una excusa un tanto cínica para que la élite senatorial siguiera ostentando una posición de máximo poder, y pudiera seguir enriqueciéndose sin límite. Sus costumbres, ya de lleno degeneradas, poco tienen que ver con las virtudes romanas que ensalzaban personajes como Catón El Censor. Su supuesta defensa de la constitución republicana y las “libertades”, eran convenientemente olvidadas cuando algún político popular carismático parecía poder conseguir que alguna propuesta reformista saliera adelante. El cinismo propio de una élite envilecida en un sistema ya inservible.
En la guerra civil que terminó por enfrentar a Mario y a Sila entre el 88 y el 81 a.C., el segundo se hizo con la victoria. Vino entonces un sangriento proceso de proscripción del bando mariano, y una dictadura de Sila que se vendió como un supuesto retorno a la pureza republicana. Sertorio pudo huir de la persecución de los suyos, y fue entonces cuando se marchó a Hispania para intentar, desde la periferia, organizar un contraataque contra Sila o, al menos, resistir para jamás doblegarse.
Antes de hacer de Hispania su gran foco de rebeldía antisilana, Quinto Sertorio ya había tenido contacto directo con la misma como procónsul de la Citerior, entre el 82 y el 81, con el mandato de asegurar la provincia para el bando de Mario en medio de la guerra civil. Por ende, conocía la tierra y sus gentes antes de hacer de ella su alcázar de resistencia. Su administración fue magnánima, con un trato justo hacia unas poblaciones locales que vieron en él a alguien sabio y compasivo, muy en contraste con los gobernadores romanos habituales, siempre ávidos de actuar como aves rapaces, exprimiendo a los pueblos indígenas.
Cuando tuvo que huir hacia el norte de África, perseguido por los ejércitos ya el dictador Sila, cobró conciencia de su situación de proscrito. Si era capturado, moriría de todas maneras, como tantos de los seguidores de Mario. Más honroso sería saborear la dulce muerte en el campo de batalla. No obstante, los hispanos, hartos de la vuelta a las andadas de voracidad de los nuevos gobernadores de Sila, no olvidaban a Sertorio. Los lusitanos y vetones, que habían decidido marchar al monte y lanzarse a la guerrilla, como en tiempos de Viriato, exprimidos por el poder de Roma, fueron a África a buscarle. Le pidieron que uniera a los colonos romanos en Hispania y a los pueblos íberos contra la tiranía optimate.
Su retorno a Hispania en el 80 a.C. marca el verdadero comienzo de la gran hazaña sertoriana. No llegó como un conquistador, ni como un simple mercenario sino, al igual que Aníbal Barca siglo y medio antes, como aquel extranjero brillante que uniría a todos los hispanos, justamente, contra Roma. Aníbal lo haría en genérico contra todo lo concerniente a la Urbs, pues así se lo prometió a su padre Amílcar cuando apenas era un púber; Sertorio, no contra Roma, pues era romano, pero sí contra la faceta más corrosiva y abyecta de aquella ciudad y su imperio. En dos ocasiones tuvieron que ser caudillos extranjeros, afamados por su genialidad en el arte de la guerra, amén de su justicia, los que unieron a todos los pueblos de Hispania para que dejaran de lado sus constantes enfrentamientos.
El de Sabinia supo comprender inmediatamente cuál era la idiosincrasia de los pueblos hispanos. Su tradición guerrera, su devotio hasta ofrecer la vida misma, su estructura tribal y su admiración hacia los jefes honrados, valerosos y parcos de costumbres. Por ello, no intento romanizarlos vía decreto, destruyendo sus formas de vida de la noche a la mañana, sino que se adaptó a ellas para ganarse su lealtad, y poder integrarlos en un marco más complejo de romanidad, como Aníbal quiso hacerlo de “punicidad”, si se me permite el neologismo. Con esto, no solo consiguió que las tribus autóctonas lucharan para él, sino que lo hicieran verdaderamente con él. Si del bárquida hicieron un basileios autokrator, lo mismo con Sertorio, aunque el proyecto de este fuera en principio republicano.
La rebelión que empezó entonces, tras unir Sertorio a los colonos romanos –entre los que había muchos veteranos que se ganaron su derecho a un trozo de tierra- y a las tribus íberas y celtíberas, fue de índole tanto militar, como política. El que fuera subordinado de Mario combinó la rigurosa disciplina del legionario romano con las tácticas de la guerrilla, aprendidas sobre el accidentado terreno, de los propios hispanos. Sus ejércitos, mixtos en conformación, derrotaban una y otra vez a las muy superiores fuerzas enviadas por Sila desde Roma. La imagen de Sertorio, acompañado de sus devotos hispanos, lo rodeó de un aura de misticismo que formó parte de un despliegue de discurso épico consciente.
Conocía a la perfección el ser de sus seguidores hispanos, con su profunda religiosidad naturalista, basada en mensajes divinos a través de habitantes del mundo natural. Es famoso el caso de la cierva blanca, de cuyo protagonismo las fuentes no se ponen de acuerdo. Algunos dicen que se le aparecía en sueños y le decía lo que tenía que hacer. Otros, que era un cierva blanca real a la que Sertorio se acercaba, y este afirmaba que le susurraba los siguientes pasos que debía dar. Esto, fuera como fuere, y tantas veces caricaturizado, lejos de ser un simple engaño, denota una comprensión profunda, además de pragmática, de las gentes a las que gobernaba, acaudillaba, y que estaban dispuestas a seguirle hasta el final.
Por ello, Sertorio se hispanizó de manera real y paulatina. Vivió entre los hispanos, como uno más, compartiendo sus costumbres cotidianas y haciendo suyos usos como la manera de vestir, hasta el punto de ser percibido como uno más entre ellos. Mas esta hispanización no supuso una renuncia a su romanidad, sino que fue una ampliación, a lo que luego será el modo imperial, de la misma. Quinto Sertorio nunca dejó de considerarse un magistrado romano con legitimidad que gobernaba las provincias de Hispania en nombre de una república secuestrada por Sila. Por otro lado, la unidad hispana solo la pudo dar Roma, más allá de los intentos fracasados, y algo precarios, de Aníbal o Viriato. Creó un Senado en el exilio en Hispania, acuñó moneda con los símbolos típicos de la numismática romana del momento, y administró justicia conforme a lo que el derecho romano indica para el estatus de cada persona. Hispania no era para él una ruptura con Roma, sino un refugio moral y político para no participar de lo que consideraba una deriva tiránica por parte del dictador y sus partidarios.
La creación de una escuela en Osca –actual Huesca- simboliza como pocas cosas esa primera gran síntesis entre lo hispano y lo romano que supuso el gobierno de Sertorio. Al mandar las élites indígenas a sus hijos a esta escuela, aprendían estos la lengua latina, las leyes romanas y la cultura griega pasada, por supuesto, por el filtro de la Caput Mundi. El gran rebelde no buscaba destruir las identidades locales, esperando una disolución de las mismas en la cultura romana, sino crear una nueva clase directora hispana plenamente integrada en la complejidad de un sistema republicano que moriría, de facto, antes de acabar ese siglo. Este gesto, que va más allá de cualquier intento de Aníbal, fuera por voluntad o posibilidad, adquiere un cuasi valor fundacional para España. Por primera vez, Hispania no aparece como un objeto de romanización pasiva – por dominación activa y voraz-, sino como un sujeto activo, como proyecto político propio, capaz de producir élites formadas, conscientes de su situación, y leales tanto a la tierra que habitan, como a su pueblo y a la idea sagrada de Roma. Es Roma quien dota a Hispania de su unidad política, como decíamos supra.
Durante casi diez años, Hispania se convirtió en el principal foco de resistencia tanto a Sila, como al bando que quería acumular todos los poderes en el Senado. Roma se vio obligada a mandar contra Sertorio no solo una cantidad ingente de hombres, sino a generales brillantes como Metelo Pío o un joven, pero ya genial, Pompeyo Magno. Que un proscrito como Sertorio pudiera sostener un conflicto de tal magnitud, durante tanto tiempo, demuestra hasta qué punto su poder no era algo efímero, pasajero o artificial, sino uno enraizado en una devoción profunda de los hispanos, y en un apoyo enorme de los colonos romanos en la península. Hispania dejaba de ser una periferia que enriquecía a las élites de Roma y pasó a ser un centro político, militar, e incluso simbólico, unitario.
El fin de Sertorio, paradójicamente, fue tan romano como parte de su existencia. No fue derrotado en el campo de batalla, sino asesinado en una conspiración de traidores encabezada por Marco Perpenna. Como Viriato, murió traicionado por sus propios hombres, vendidos al vil metal. También como el héroe nacido en la Sierra de la Estrella, su muerte trajo consigo la implosión de todo el sistema creado de lealtades y clientelas. Esto revela, por otro lado, algo muy español, y es la capacidad de muchos para ofrecer su lealtad a grandes hombres, a caudillos formidables por méritos y carisma, pero sin venir esto acompañado de una institucionalización que le sobreviva. El español ha entendido siempre mejor las relaciones personales que las abstracciones institucionales. Tras su asesinato, Roma recuperó el control de Hispania, pero ya no pudo imponer la situación anterior de simple explotación.
Sertorio encarnó una Hispania ahora consciente de su valor dentro del mundo romano. Romano de nacimiento y educación; hispano por elección y lealtad compartida a unos pueblos que le levantaron como caudillo. Su figura, representa una síntesis genial entre lo más fecundo y provechoso de la Antigüedad peninsular. Con él nace ya una realidad concreta: la de unos pueblos que supieron reconocer a un líder justo, le rindieron devota lealtad y le dejaron que les gobernara. Él les correspondió haciendo de Hispania una Nueva Roma que no dejó nunca de ser hispana.
El Censor
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