«Europa encadenada, ahora, pero en filo gozoso de liberación, de nacimiento, de bautismo».
Fermín Yzurdiaga Lorca.
Hace no mucho me impuse una tarea -que no viene al caso detallar- que me llevó a volver sobre el tratado de la amistad en la Ética a Nicómaco. Al hacer este texto recordé que, ya desde sus primeras páginas, Aristóteles muestra con claridad que incluso en el ámbito de la amistad esta opera mediante distinciones, grados y relaciones asimétricas; es decir, conforme a una lógica jerárquica.
Por ejemplo, cuando Aristóteles distingue especies de amistad según aquello por lo que se ama y afirma que «los malos serán amigos por conveniencia y los buenos serán amigos por ellos mismos»1, no se limita a describir conductas, sino que establece una gradación moral en la que la amistad fundada en lo útil es inferior y la fundada en el bien es superior. Esta misma lógica aparece cuando reconoce amistades asentadas en la desigualdad -como la del padre hacia el hijo, la del gobernante hacia el gobernado o la del hombre hacia la mujer2-, entendidas no como anomalías, sino como modalidades naturales de la vida humana.
No es casual, por ello, que Aristóteles subraye que la amistad «parece darse de un modo natural en el padre para con el hijo, y en el hijo para con el padre, no sólo entre hombres, sino entre las aves y en la mayoría de los animales, y entre los miembros de una misma raza, sobre todo entre los hombres»3. La amistad, entonces, no es así sólo elección o voluntad, sino pertenencia, pura naturaleza.
Esta concepción jerárquica de la realidad, presente en Aristóteles desde la amistad hasta la polis, no pertenece exclusivamente al mundo antiguo ni puede reducirse a una categoría filosófica abstracta. Forma parte de una tradición intelectual, fundamentalmente en la derecha, que ha entendido la vida humana, la comunidad política y la cultura como realidades ordenadas conforme a fines objetivos. Desde este horizonte debe leerse el uso del término Jerarquía como título de la revista publicada en la España de 1936-1938. Así, la elección del término no es solo retórica, ni siquiera un simple reflejo del clima político del momento, sino más bien, o así lo veo yo, de la apropiación consciente de un concepto cargado de significado filosófico, moral y político, destinado a expresar una determinada concepción del orden y de la nación.
Para comprender adecuadamente qué fue la revista Jerarquía, a la que, desde este pequeño texto, con humildad y absoluta admiración quiero recuperar, resulta necesario situarla en su contexto histórico concreto, atendiendo tanto al espacio en el que surge -Navarra- como a la figura que la impulsó -Fermín Yzurdiaga Lorca- y al momento excepcional en el que fue concebida.
Navarra, como otras provincias, desempeñó un papel fundamental durante los primeros compases de la Guerra Civil, y se convirtió no solo en un territorio más incorporado al esfuerzo del bando nacional, sino en uno de sus principales bastiones políticos, militares y morales desde el inicio. Como ya es más que sabido, la temprana adhesión al alzamiento, la rápida movilización del requeté y la presencia de figuras clave en la conspiración y en la dirección militar convirtieron a Pamplona en un centro neurálgico de la España nacional.
Sin embargo, junto a esta dimensión estrictamente militar, Navarra fue también un espacio de intensa actividad intelectual y cultural. Lejos de limitarse a la retaguardia logística o al reclutamiento, en Pamplona se planteó muy pronto la necesidad de dotar a la guerra de una justificación que no se agotara en el plano de restablecer el orden público o de la reacción inmediata frente a la República. Y así, en un contexto de violencia extrema, surgió la convicción de que la contienda debía ser explicada, pensada y elevada a un plano doctrinal capaz de dar sentido al sacrificio que se estaba exigiendo.
Es en este contexto donde cobra sentido la expresión, utilizada posteriormente por el profesor José Luis Orella, de que Navarra se convirtió durante aquellos años en una suerte de «Atenas» intelectual4. La metáfora, entiendo, no pretende sugerir una comparación directa, sino señalar la existencia de un foco de pensamiento que aspiraba a irradiar ideas al conjunto del cuerpo nacional, porque Pamplona fue, durante un breve periodo, un lugar donde se intentó pensar España mientras se combatía por ella.
La figura central de este esfuerzo fue Fermín Yzurdiaga Lorca. Sacerdote, periodista y militante falangista, Yzurdiaga asumió de manera consciente la tarea de construir un espacio intelectual que acompañara e insuflara vida al «18 de julio». Pero que nadie se equivoque, no se trataba, ni mucho menos, de producir propaganda coyuntural ni de limitarse a consignas movilizadoras, sino de conformar lo que él mismo denominó una «escuadra intelectual», un grupo de jóvenes escritores e intelectuales capaces de ofrecer una interpretación global del momento histórico que atravesaba España.
Como digo, la elección de Pamplona como sede de este proyecto no fue casual. Navarra reunía una serie de condiciones singulares, como una tradición católica profundamente arraigada, una hegemonía política carlista que había movilizado a miles de voluntarios y, al mismo tiempo, la presencia de un falangismo minoritario, pero intelectualmente activo, atraído por la combinación de patriotismo, justicia social y voluntad regeneradora que proponía el propio José Antonio. En ese cruce de tradiciones -carlista, falangista, católica y nacional- se gestó un clima propicio para la aparición de una revista como Jerarquía.
La guerra, en este sentido, no fue únicamente un enfrentamiento armado, sino también un momento de disputa por el sentido de España. Frente a lo que se percibía como la decadencia heredada del 98, el fracaso de la Restauración y la descomposición de la Segunda República, Jerarquía se concibió como un intento de reconciliar la tradición católica e imperial de España con un impulso regenerador y juvenil. Esta aspiración conectaba, de manera explícita, con experiencias contemporáneas europeas, especialmente con el fascismo italiano, entendido no tanto como modelo político, sino más bien como ejemplo de movilización espiritual, estética y cultural de una nación en crisis.
De este modo, Pamplona no fue únicamente un centro de mando militar ni un enclave estratégico, sino también el lugar desde el cual se intentó articular una respuesta intelectual a la guerra. Jerarquía nació de esa necesidad, de pensar el conflicto, dotarlo de un horizonte histórico y formar un tipo humano capaz de encarnar «categorías permanentes de razón» -por utilizar palabras del propio José Antonio-. Su aparición marca, por tanto, un momento singular en la historia cultural del bando nacional, en el que la reflexión teórica y la acción política se concibieron como dimensiones inseparables de una misma empresa.
Desde su primer número, la revista se presentó como un proyecto al servicio de una doble fidelidad; Dios y la Patria. La elección del soneto imperial de Hernando de Acuña como texto inaugural no es casual ni decorativa. En él se condensa una visión del mundo en la que la unidad religiosa, la unidad política y la misión histórica aparecen entrelazadas. «Un Monarca, un Imperio, una Espada»5 no funciona aquí como consigna retórica, sino como expresión simbólica de un orden jerárquico que articula lo espiritual, lo político y lo militar. La revista se sitúa, desde el inicio, en esa tradición hispánica que concibe la historia como cumplimiento de un designio y no como mera sucesión de acontecimientos.
El propósito central de Jerarquía fue la conformación de un ethos, es decir, de un tipo humano determinado. Como ya he dicho, no se trataba únicamente de justificar la guerra, sino de perfilar el carácter moral, intelectual y espiritual del hombre que debía salir de ella. En este punto, la revista se alinea claramente con la idea de José Antonio, el «Ausente» por aquellos días, de que la política no es gestión ni técnica, sino empresa moral, y que el verdadero combate se libra en el terreno de lo permanente. Jerarquía aspiraba a formar hombres «portadores valores eternos»6, capaces de encarnar una continuidad histórica que la modernidad liberal había fragmentado.
En cuanto al grupo que se reúne en torno a la revista, este es plural, tanto en procedencia como en sensibilidad, pero comparte una misma preocupación de fondo, la necesidad de regenerar España desde una síntesis que integrase, en resumen, tradición y modernidad, catolicismo e impulso imperial, disciplina castrense y creación cultural. En sus páginas convivieron poetas, ensayistas y pensadores que, lejos de limitarse a la exaltación bélica, buscaron dotar al momento histórico de profundidad intelectual.
La revista, lamentablemente, tuvo una existencia breve, apenas cuatro números, pero intensa. En cuanto a su desaparición, esta no puede explicarse de manera simplista como consecuencia directa del Decreto de Unificación de abril de 1937, aunque sí es cierto que éste contribuyó decisivamente a alterar el contexto en el que había surgido. La unificación de Falange y el tradicionalismo, necesaria desde el punto de vista militar y político, supuso también la disolución de iniciativas autónomas que no encajaban del todo en la nueva estructura del Estado en gestación. Esto, unido al desplazamiento progresivo de ciertos núcleos intelectuales, la institucionalización del aparato propagandístico y la emergencia de nuevos centros culturales en Burgos, terminaron por hacer inviable la continuidad de Jerarquía.
A ello se sumó el alejamiento forzado de Fermín Yzurdiaga de la primera línea política, motivado por su condición sacerdotal y por la desconfianza que su figura generaba en determinados sectores eclesiásticos y políticos. Con su salida, la revista perdió no sólo a su director, sino al principal articulador de su sentido. Jerarquía desapareció, pero dejó tras de sí algo muy importante, el testimonio de un intento serio, consciente y exigente de pensar España en uno de los momentos más dramáticos de su historia.
Pero, en fin, el interés histórico de Jerarquía no se agota en su formulación doctrinal ni en su ambición regeneradora, sino también -y de manera decisiva- en el nivel intelectual de quienes la hicieron posible. A diferencia de otras iniciativas culturales surgidas al calor de la guerra, Jerarquía no fue un experimento improvisado ni un órgano menor, sino un espacio en el que confluyeron algunas de las plumas más relevantes del pensamiento y de las letras españolas del siglo XX.
En torno a Fermín Yzurdiaga se reunieron escritores, poetas y ensayistas que ya entonces contaban con una obra sólida o que la desarrollarían plenamente en los años posteriores. Por sus páginas pasaron, entre muchas otras, figuras como Eugenio d’Ors, cuyo magisterio intelectual marcó a varias generaciones; Agustín de Foxá, poeta y prosista de primer orden; Dionisio Ridruejo, quizá el intelectual más representativo del falangismo cultural; Luis Rosales, figura central de la lírica española del siglo XX; Gonzalo Torrente Ballester, cuya trayectoria posterior lo situaría entre los grandes narradores contemporáneos; Pedro Laín Entralgo, intelectual de amplísimo registro; Ernesto Giménez Caballero, uno de los intelectuales y escritores más conocidos y contrastados del momento, o Rafael García Serrano, testigo literario privilegiado de la guerra y de la posguerra, además de un hombre leal y un escritor admirable.
La presencia de estos nombres no es circunstancial, porque todos ellos compartían, con matices y diferencias evidentes, una misma preocupación de fondo, la necesidad de reconstruir un horizonte cultural español que integrase tradición, clasicismo, catolicismo y vocación histórica. Jerarquía funcionó, así, como punto de encuentro de sensibilidades diversas, unidas no por la uniformidad ideológica, sino por una comprensión común de la cultura como dimensión constitutiva de la política.
Este dato resulta especialmente relevante si se atiende a la corta vida de la revista. En cuatro números, Jerarquía logró concentrar una densidad intelectual que muchas publicaciones más longevas no alcanzaron jamás y su desaparición, como ya he comentado, no fue consecuencia de un agotamiento interno, sino del cambio de fase que experimentó el bando nacional a partir de 1937 y 1938.
Leída desde hoy, Jerarquía tiene, a mi modo de ver, un verdadero valor que reside en haber planteado, en condiciones extremas, como son las de una guerra civil, una pregunta que sigue abierta, ¿Es posible sostener una comunidad política sin una minoría intelectual capaz de pensarla más allá de la coyuntura? Jerarquía y su posterior desaparición, así como el desarrollo ideológico y cultural del régimen de Francisco Franco, creo, nos dan una respuesta en clave negativa, porque una nación no solo puede sostenerse por el desarrollo, el orden y la técnica. Pero, en fin, este no es el objeto de este texto.
Así que, por ello, recuperar Jerarquía no implica repetir ni trasladar mecánicamente su contexto, sino reconocer en ella un precedente. Resulta innegable que se trató de un esfuerzo consciente por articular pensamiento, cultura y nación en un momento en el que España se jugaba la «existencia por la esencia».
«Nuestro César joven, José Antonio (…) la predicó así: dar, con gozo, la existencia por la esencia. Quemar la vida en el dolor, en la audacia, en la hora difícil…»7
Hoy, en un escenario distinto, pero igualmente crítico, la necesidad de ese esfuerzo reaparece bajo otras condiciones. Si entonces Jerarquía fue una revista de guerra, ahora la tarea es otra, porque si en aquellos años se combatía con las armas, hoy el combate y el escenario son distintos. Pero en ambos casos, y esto sí es compartido, la cuestión de fondo es la misma, porque una nación, en definitiva, no puede sobrevivir sin jerarquías, sin un orden intelectual y sin una idea clara de sí misma.
Por finalizar, y terminado ya con este pequeño homenaje, con esta toma de testigo, quiero poner de manifiesto que la unidad que aquí se reclama no es uniformidad ciega, sino unidad de propósito. Unidad en la defensa de la continuidad histórica de España, en la afirmación de su realidad nacional frente a cualquier intento de disolución, ya sea interna o externa, con invasores armados o no, y en la convicción de que el pensamiento y la acción no pueden separarse sin consecuencias.
Porque rescatar Jerarquía, a fin de cuentas, no significa repetir, ni copiar, sino asumir una responsabilidad. La responsabilidad de pensar España con seriedad, de recuperar referentes propios y de reconstruir un espacio intelectual común desde el que sea posible oponer resistencia a la disgregación, no como ejercicio estético ni como gesto simbólico, sino como necesidad histórica. Porque toda nación que abdica de su pensamiento, de sus referentes, de sus ideas, de sus «categorías permanentes de razón» - ¡Volvemos a José Antonio! - abdica, tarde o temprano, de su propia existencia
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Aristóteles. Sobre la amistad, Ética a Nicómaco. Libros VIII y IX (p. 17). Ediciones folio.
Ibid. (p.25)
Ibid. (p.6)
José Luis Orella. Introducción a Jerarquía, la revista negra de la Falange (1936-1939). Cuando Navarra fue Atenas (p. 13-14). Ediciones Barbarroja.
Hernando de Acuña. Soneto Imperial.
José Antonio Primo de Rivera. Discurso pronunciado en el Teatro de la Comedia. Octubre de 1933
Fermín Yzurdiaga Lorca. Jerarquía. Esquema de una misión.



